viernes, 7 de agosto de 2015

BRIGADA 31. LA EMBOSCADA DEL CEPO

http://jcparisca.com.ve/?page_id=2122
Juan Carlos Parisca confiesa que él fue quien dirigió el ataque a la comisión militar que pasaba por el sitio conocido como El Cepo. (La emboscada del Cepo)

EL COMBATE
El Comando encarga a Matías  llevar  a  cabo un combate para demostrar  el fracaso de la   ofensiva   antiguerrillera.    Matías    lo ha    realizado  exitosamente y me presenta el informe que debo enviar a la consideración del  Comando del Frente.                                                                 
    

El relato de Matías es el siguiente: Comienzo a preparar una operación para emboscar al enemigo en algún lugar apropiado. No puedo contar con toda la gente que se pensaba, pero con la que tengo es suficiente fuerza, si puedo hacer un buen plan.

Elijo un sitio muy escondido en las cabeceras del río Portuguesa, para ubicar un campamento para concentrarnos. Se le entra por Mindanao, donde opera Enrique Pérez.
Mando a buscar dos cajas de madera de diez mil proyectiles que están escondidas desde hace dos años en una cueva cerca del campamento El Mojao. Tengo que probarlos, porque muchas veces las balas no explotan por estar dañadas por la humedad.
Con las balas, y un clorato de potasio que estaba guardado en Santo Domingo, me voy con un grupo de cinco guerrilleros hacia un sitio muy adentro en la montaña, en la hondonada por donde corre la Quebrada de Agua Amarilla, al sur de Santo Domingo, a dos días monte adentro. Allí puedo probar las balas y los explosivos sin temor de ser escuchado por nadie. Abro las cajas de las balas, y, efectivamente, están muy mojadas. Pero se mantienen en unas cajitas de cartón en grupos de a diez. Decido probar tres balas de cada cajita. Si salen dos malas, se desecha la cajita completa. Así formo un lote más confiable de más de 1.500 balas que es más de lo que necesito para la operación.
Fabricamos dos minas de cloratita en latas de manteca, mezclando clorato de potasio con aceite de carro quemado, en proporción 9 a 1. El aceite quemado lo mando a buscar a Guarico. La mezcla la hago en cantidades pequeñas, amasándolas y colocándolas por capas en la lata hasta que se llena. Pruebo unos detonantes eléctricos que me han mandado. Funcionan con baterías de linterna.
Para probar la cloratita hago unas pequeñas minas en latas de sardinas y las hago explotar. Funcionan muy bien.
Organizo una escuadra especial al mando de Iván para que se encargue de un cañón de veinte milímetros, la B20, lo llamamos. Lo tengo guardado en Palma Sola desde que nos lo mandaron, pero nunca lo hemos usado. Se necesitan seis personas para manejarlo. Se carga desarmado en tres partes, el cañón, el cuerpo y la culata, y tenemos tres cacerinas de cinco tiros cada una. Voy mandando gente y pertrechos para Mindanao.
Se crea otro grupo de fuego comandado por Humberto con una ametralladora checa marca Zabrowska, la ZB, y cuatro combatientes con FN 30.
Otro grupo, bajo el mando de El Pelón, queda a cargo de las minas. Entre tanto comenzamos a explorar de noche la carretera entre Guarico y Villanueva, en búsqueda de un sitio bueno para montar una emboscada. Hay un sitio llamado El Cepo que me recomiendan mucho, cerca de la fila de la montaña, donde la carretera da varias curvas seguidas. Se detecta con precisión a todo el que pasa. Voy a visitarlo una noche. Lo recorro totalmente y me parece excelente.
Los guerrilleros que van llegando al campamento se someten a un régimen de alimentación y ejercicios. No conocen el plan, pero se imaginan que estamos preparando algo bueno. Estamos comiendo doble ración tres veces al día.
Mando a buscar con “los bombones”, a Sanare, una pelota de volibol. Organizo un torneo entre las escuadras como forma de mantenerlas haciendo ejercicio. Todos los días en la mañana hay partido en un sitio plano donde tenemos la cancha.
Montamos vigilancia día y noche en la carretera. Un convoy enemigo, formado por un jeep y un camión, pasa dos veces al día. Viaja entre Guarico y La Fila del Tigre, donde tienen un comando permanente. Suben por la mañana hacia Guarico y regresan a las seis de la tarde.
Ahora nuestro grupo se organiza en cuatro escuadras, comandadas por José Luis, Iván, Velazco y la de la comandancia, por mí mismo. El comando discute y aprueba montar una emboscada por la mañana el día trece de marzo.
Calculamos la comida necesaria para una aproximación de dos días y una retirada de hasta una semana sin salir de la montaña, en previsión de que el enemigo ocupe la zona. Tengo carne seca, traída del llano, para distribuirla en raciones para todos, de modo que alcance para seis días.
Trazamos un plan de combate simulando el terreno en el suelo, ensayando varias posiciones, y la definitiva la dibujo en un papel.
Una escuadra de vigilancia, dirigida por Velazco, se coloca en el monte antes de la primera curva, necesitamos que verifique que es el convoy el que viene y me dé una señal con un templón a una cuerda que me ato a la muñeca izquierda. Se colocan las dos minas enterradas en el centro de la carretera, para ser accionadas exactamente cuando pase el camión. De frente al camión se coloca la B20, que le disparará un tiro por el centro del motor y una escuadra lo atacará disparándole fusiles con FAL y FN30. El jeep, que siempre va unos metros por delante, será cubierto por la ZB y el grupo con FN30. El barranco por el lado opuesto de la carretera será minado con trampas cazabobos para evitar que algún soldado se atrinchere por allí. El ataque será simultáneo. La orden de fuego será el grito “Carache”.
El doce de marzo en la mañana nos ponemos en marcha hacia el sitio de la emboscada. Llegamos en la tarde y nos detenemos a unos cincuenta metros de la carretera. Vamos a ocupar las posiciones de combate en la madrugada. Todos los guerrilleros, con su morral y su arma, se reclinan en el suelo en estricto silencio.
A las cuatro de la mañana doy la orden de movilización para colocarse en los sitios previstos. Hay que hacerlo en perfecto silencio. Recorro todas las posiciones. Mando a minar el barranco y a enterrar la mina principal en el sitio previsto, en todo el centro de la carretera.
A las cinco estamos esperando. Pasa el tiempo. De pronto escuchamos el ruido del convoy que viene subiendo. Se acerca cada vez más. Pero de pronto pasa frente a nosotros y no actuamos. Mando por Velazco a ver qué pasó. No me dio la señal. Me dice que si la dio. La cuerda se enredó entre las ramas del monte y no sentí el aviso.
Examino la situación. No podemos perder todo el esfuerzo. Decido esperar que el convoy regrese en la tarde. Pero tenemos que mantener estricto silencio para no ser descubiertos si pasa alguien a pie por la carretera.
Cambiamos las posiciones sigilosamente para recibir ahora al convoy en la dirección opuesta y esperamos. A eso de las 5 y media de la tarde escuchamos el convoy de regreso. Cuando se viene aproximando a la curva de arriba siento el templón. El plan ahora si funciona perfectamente. Doy el grito de fuego “!! Carache !!” La mina estalla exactamente debajo del camión y simultáneamente la B20 le dispara un tiro de frente por el centro del motor. El jeep es aniquilado por el grupo fuego de la ZB. El camión queda sin control y va a estrellarse contra el cerro en la curva más abajo. Vienen varios soldados en la parte trasera del camión, que saltan al suelo. El grupo de José Luis, cumpliendo la misión de pasar al asalto para liquidar al enemigo, salta a la carretera y los ataca con fuego de FAL. José Luis y Víctor “Gonzalo Pérez Marte” reciben disparos de uno de los soldados que había quedado vivo sobre el camión. Uno de los nuestros a su vez le dispara y lo aniquila.
Salgo a la carretera a tratar de socorrer a José Luis y Víctor, pero no hay nada que hacer. Están muertos. Registramos el jeep. Recogemos las armas que han quedado en el suelo y en los vehículos.
El asalto es una acción indispensable para coronar con éxito una emboscada. Pero por ser un choque cuerpo a cuerpo implica un riesgo muy alto. Exige del combatiente gran habilidad, enorme valentía y una decisión absoluta. Y todo esto lo tenían José Luis y Victor. Pero fueron víctimas de un hecho fortuito que está presente en cada combate. Por eso cayeron valientemente. Rindieron sus vidas como héroes de la liberación del pueblo.
Leonardo estaba en la comandancia a mi lado con la cámara de 16 mm listo para filmar toda la operación. Pero cuando empezaron los tiros se puso muy nervioso, dejó a un lado la cámara, agarró un arma y comenzó a disparar olvidándose del cine.
En la puerta abierta del camión hay un hombre muerto con ropa civil. A su lado una mujer muerta también y entre ambos una niña viva aterrada. Era una pareja con su pequeña que había pedido una cola para La Fila. Nosotros no podíamos haber previsto la terrible situación donde unos inocentes pagan con sus vidas por estar presentes en el sitio trágico de un trance de guerra. Doy la orden de retirada.
Tomamos la ruta prevista y caminamos una hora. Entonces sentimos el ruido de una balacera. Supongo que es el enemigo llegando al sitio del combate, pero ya estamos lejos.
Caminamos toda esa noche. Al amanecer nos detenemos a descansar. Con la claridad del día abro el maletín que recogimos en el jeep. Leo un plan de operaciones donde dice que el comando nuestro se halla en un sitio de la montaña conocido como La Cueva Jedionda. Efectivamente, por ese sitio pasa nuestra ruta de retirada. Decido cambiar de ruta. Ahora bajaremos al río Yacambú sin cruzar camino alguno. Pero el cambio significa que no vamos a pasar por los depósitos de comida. El avance “rejendiendo monte”, es muy lento. La comida que llevábamos se acaba. Pero hay que continuar en secreto. No tengo información como para salir a los caminos. Además han comenzado a bombardear las montañas. Son bombardeos a ciegas que no pueden hacernos ningún daño, pero aumentan mucho la tensión.
A los cinco días de lentísima marcha llegamos a Naranjal. A pesar de ser un sitio políticamente muy seguro, no hacemos ningún contacto con la población. Nos dirigimos a una antigua siembra de caña, oculta en el monte, con suficiente comida, donde podremos alimentarnos y descansar. Tenemos sentimientos contrapuestos. Por una parte estamos deprimidos por la pérdida de los compañeros que han caído. José Luis, quien fue uno de los que entraron al Frente con Carache desde su fundación. Víctor era hijo de una consecuente familia comunista de El Tocuyo. Pero por la otra hemos cumplido la tarea. Hemos librado un combate de aniquilamiento quitando armas modernas que van a reforzar a nuestras unidades, lo cual era uno de los objetivos.
La parte técnica del asunto queda reflejada profesionalmente en el informe que Matías le hace al Comando del Frente.